CANONIZACION, ¿Realmente son santos?
La canonización no es un mero
reconocimiento de virtud personal; es una herramienta de política geopolítica,
diplomática y pastoral. A lo largo de los siglos, la Curia romana ha utilizado
el nombramiento de santos para consolidar dogmas, estrechar lazos con Estados
soberanos, responder a crisis doctrinales y proyectar modelos de conducta
acordes a las exigencias de cada época.
La era pre-tridentina: Control de la piedad
popular
·
Centralización del
poder papal: Hasta el siglo
XII, la santidad era proclamada localmente por obispos o por la aclamación
popular (vox populi).
Fue el Papa Alejandro III en 1171 (y formalmente Gregorio IX en 1234) quien
reservó en exclusiva al Obispo de Roma la potestad de declarar santos. El
objetivo político era arrebatar el control del culto a los poderes locales y
frenar la proliferación de santos regionales difíciles de fiscalizar.
·
Legitimación de
dinastías y alianzas:
Durante la Edad Media, canonizar a miembros de casas reales (como San Luis IX
de Francia o San Fernando III de Castilla) servía para sacralizar monarquías
aliadas y consolidar el concepto del "derecho divino" de los reyes.
La Contrarreforma: Respuesta a la crisis
protestante
·
Creación de la
Rota y los abogados del diablo:
En 1588, Sixto V creó la Sagrada
Congregación de Ritos. La Iglesia instituyó un proceso legal de estilo
inquisitorial para contrarrestar las críticas de Martín Lutero contra el culto
a los santos.
·
Modelos
ideológicos de choque:
Durante los siglos XVI y XVII se canonizó masivamente a los fundadores de las
nuevas órdenes religiosas militares y docentes (San Ignacio de Loyola, San
Francisco Javier, San Felipe Neri). La canonización operaba como un mensaje de
propaganda doctrinal: los nuevos santos personificaban la obediencia estricta
al Papa frente a la "herejía" protestante.
Siglos XIX y XX: Respuestas al secularismo y
regímenes políticos
·
San Pío X y el
antimodernismo: A principios
del siglo XX, la elevación de figuras ultra-conservadoras sirvió como freno
intelectual frente al auge del liberalismo, el socialismo y la exégesis bíblica
moderna.
·
La diplomacia del
Muro de Berlín y la Guerra Fría:
Bajo el pontificado de Juan Pablo II, la política de canonización sufrió un
giro geopolítico masivo. La canonización del fraile franciscano Maximiliano
Kolbe (asesinado en Auschwitz) o del sacerdote polaco Jerzy Popiełuszko (mártir
a manos del régimen comunista) funcionó como un ariete de desestabilización
contra el bloque soviético.
El pontificado de Juan Pablo II: La
"fábrica de santos"
·
Reforma
procedimental de 1983: Juan
Pablo II promulgó la constitución apostólica Divinus Perfectionis Magister, simplificando
drásticamente el proceso: redujo la exigencia de milagros de cuatro a dos y
eliminó la figura clásica del Promotor de la Fe (Promotor Fidei o "abogado del diablo").
·
Proyección global
y cupos territoriales:
Durante sus 26 años de pontificado, Juan Pablo II proclamó 482 santos (más que
la suma de todos sus predecesores desde el siglo XVI). El objetivo político era
descentralizar la santidad —históricamente dominada por italianos y europeos—
para legitimarse en América Latina, Asia y África.
El uso del equilibrio político en la era
contemporánea
·
Canonizaciones
dobles para neutralizar facciones:
En 2014, el Papa Francisco canonizó simultáneamente a Juan XXIII (referente del
ala progresista y conciliar) y a Juan Pablo II (icono del ala conservadora).
Esta maniobra diplomática buscaba evitar la división en un Colegio Cardenalicio
fracturado.
·
Reconocimiento del
martirio social: Durante
décadas, la causa de beatificación del arzobispo salvadoreño Óscar Romero
estuvo bloqueada por sectores conservadores del Vaticano que lo vinculaban a la
Teología de la Liberación. El Papa Francisco desbloqueó la causa y lo canonizó
en 2018, redefiniendo el martirio no solo como la muerte a manos de un ateo,
sino a manos de un régimen político opresor, aunque este fuera nominalmente
católico.
1. Los casos indefendibles bajo
criterios éticos
Si se juzga a los santos por el impacto de sus vidas
en la humanidad, existen figuras cuya inclusión en el santoral resulta
éticamente perversa:
- Persecutores de minorías y fanáticos: Figuras como San Pío V o San Luis IX promovieron de
forma activa la violencia estatal, el antisemitismo sistemático, la
tortura inquisitorial y la quema de libros.
- Abusadores e impunes: Caso
paradigmático es el del fundadores de órdenes como los Legionarios de
Cristo o figuras protegidas institucionalmente durante décadas. Aunque
Marcial Maciel no llegó a ser santificado debido al colapso público de sus
crímenes, durante décadas la estructura vaticana lo vendió como un
"modelo de santidad viva" sabiendo lo que hacía.
- Destructores de culturas:
Misioneros como San Junípero Serra o San Diego de Alcalá participaron
en estructuras que desmantelaron por la fuerza sociedades autóctonas
mediante el castigo físico y la sumisión forzada.
2. El problema del "dogma de la
infalibilidad"
Desde la perspectiva de la teología católica romana,
existe un nudo gordiano: la mayoría de los teólogos sostienen que la
canonización es un acto infalible del Papa.
Cuando el Papa proclama solemnemente a alguien como
santo, está empeñando la autoridad apostólica para declarar que esa persona
está en el Cielo e intercede ante Dios. Por lo tanto, para la doctrina oficial:
- La Iglesia no puede "des-canonizar": A diferencia de las beatificaciones o de los cultos locales (que sí
se pueden suprimir, como ocurrió con el niño Simón de Trento), una
canonización formal es, teóricamente, irreversible.
- Se santifica la "virtud heroica", no la perfección: La línea de defensa del Vaticano suele ser que la santidad no
significa que la persona fuera infalible o impecable en sus opiniones
políticas o sociales, sino que en el conjunto de su vida primó una
"virtud heroica" o un amor a Dios extraordinario para los
estándares de su época.
3. La santidad como reflejo del
poder de cada época
Decir que un personaje "no debería ser
santo" es asumir que la santidad es un título de pureza moral universal.
Pero la historia demuestra que el catálogo de santos es, en realidad, un archivo
histórico de los intereses de la Curia en cada siglo:
- En la Edad Media se necesitaban monarcas guerreros, y se santificó a
reyes cruzados.
- En la Contrarreforma se necesitaban inquisidores y teólogos rígidos, y
se santificó a los perseguidores de la reforma.
- En el siglo XX se necesitaban mártires anticomunistas o modelos contra
el secularismo, y se aceleraron esos expedientes.
En definitiva: si la santidad se mide por el respeto a
la dignidad humana, la empatía y la justicia, la respuesta es rotundamente sí,
hay santos que no deberían serlo. Siguen siéndolo únicamente porque la
institución que les otorgó el título no puede admitir sus propios errores
históricos sin agrietar la doctrina de su propia autoridad divina.

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