SUPLEMENTOS ALIMENTARIOS

 



La suplementación alimentaria no es una estrategia efectiva ni recomendada para la prevención o tratamiento de enfermedades en adultos sanos, según el consenso actual de las principales sociedades científicas y la evidencia clínica disponible.

El consumo de suplementos no está exento de riesgos. Se han reportado efectos adversos graves, incluyendo hepatotoxicidad, nefrotoxicidad, interacciones farmacológicas y, en casos raros, muerte, especialmente con productos adulterados o mal etiquetados. 

En Estados Unidos, los suplementos alimentarios están regulados como alimentos bajo la ley DSHEA de 1994, lo que implica que no requieren aprobación previa por la FDA para su comercialización, aunque la FDA puede retirar productos peligrosos tras la vigilancia post-comercialización. 

En resumen, la suplementación debe individualizarse, priorizando la indicación médica y la monitorización, ya que el uso indiscriminado en personas sanas no ha demostrado beneficios claros y puede conllevar riesgos. 

La United States Preventive Services Task Force (USPSTF) recomienda explícitamente no utilizar suplementos vitamínicos, minerales o multivitamínicos para la prevención primaria de enfermedades cardiovasculares o cáncer en adultos sin deficiencias, debido a la falta de beneficio demostrado y la posibilidad de efectos adversos, como el aumento de riesgo de cáncer de pulmón con betacaroteno en fumadores y exfumadores. 

Existen indicaciones específicas para suplementación en poblaciones de riesgo o con deficiencias comprobadas (por ejemplo, ácido fólico en embarazadas, vitamina D en adultos mayores, vitamina B12 en veganos),

Fuente IA: Open evidence

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